miércoles, 2 de mayo de 2007

un semáforo en rojo.


Cerca de Bondo (Congo), pasa un río llamado Uele. Esta región tan deprimida económica, social y democráticamente tiene entre sus gentes a los niños con las sonrisas más hermosas del mundo. Sin saber quienes fueron los Beatles disfrutan con la música que les regalan las aves tan raras que beben del río Uele. Los atardeceres... Ver uno es ver el rostro de Dios dándonos las buenas noches.En Madrid, capital de la octava potencia mundial, con un PIB (un poquito sólo) mayor que el del Congo, hoy he visto a un señor conduciendo una Ferrari (y digo una porque los amigos de Módena llaman a estos coches la Ferrari, al ser la máquina por excelencia). Ese señor iba muy serio, acelerando en un semáforo todavía en rojo. Rojo prohibido, rojo como su coche, como su máquina y como su corazón.Un niño del Congo puede esperar durante horas a que su madre le traiga algo de comer del mercado, jugando con un balón de trapo o con un coche de juguete fabricado con plásticos. El congoleño tiene muchos amigos; porque el antiguo Zaire, hoy Congo, tiene uno de los índices de natalidad más grandes de África. El conductor acelerando ha quedado con su chica en un bar de la capital. Llega tarde.La gente lo mira con admiración mientras espera la luz verde del semáforo. Tiene un lifting y sin saber por qué, lo recuerda en el mismo instante en que cruzo por el paso de cebra caminando. Nos miramos. Yo estoy sonriendo porque le he leído el pensamiento, porque sé que no sabe donde está el Congo, porque supongo que su chica también ha pasado por el quirófano y porque soy el único que lo ve como un simple mortal.Mientras la Ferrari vuela por el asfalto y desaparece entre el asombro de viandantes miro al cielo y me enfado. Tengo envidia de aquél niño de Bondo que a estas horas estará viendo desde su casa una noche mucho más estrellada que la que veo yo desde la plaza de Colón. Las luces de Madrid no me dejan ver el cielo, aunque me hayan transportado a él en un semáforo en rojo.

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